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Traducir –o no– las cartas de restaurante

Barcelona (léase cualquier urbe con gran afluencia turística). Centro de la ciudad. Restaurantes que solemos llamar “para guiris” y que tienen cartas traducidas a veinte idiomas (y, rizando el rizo, acompañadas de una banderita del país que identifica cada lengua). Resultado: desconfianza en el comensal local. ¿Nos equivocamos?

Esto se explica, seguramente, porque lo asociamos a un concepto de lugar masificado y poco pensado para el comensal local. ¿Pero qué pasa cuando somos nosotros los turistas que viajamos a una ciudad extranjera y tenemos hambre?

Demos ahora la vuelta a la tortilla.

Tú. Lejos de tus fronteras. Al fin encuentras un restaurante que te convence y decides entrar. Ya en la mesa (y quizás incluso con una carta en inglés en la mano), te preguntan si la prefieres en francés, italiano, español o alemán (por citar los idiomas más habituales). ¡Volià! En aquel momento matarías por una carta en un idioma en el que pudieras comprender el 100 % de su contenido.

 

¿Por qué hay que traducir una carta de restaurante?

Así, si nos ponemos en la piel del comensal turista (que es lo que interesa ahora y aquí), lo que está claro es que quiere probar nuevos platos pero, lógicamente, también quiere saber…

  • Cómo están hechos.
  • Qué ingredientes contienen.
  • De qué forma están cocinados…

Y como  sus competencias lingüísticas en una lengua que no es la suya seguramente no serán óptimas, es esencial disponer de una carta en dos o más idiomas extranjeros si queremos conquistarlo por la vista (antes de hacerlo por el estómago).

¿Quién no se alegra cuando, fuera de su país, ve que se han tomado la molestia de traducir la carta a su idioma? Eso nos hace sentirnos un poco más como en casa. ¿No es esta, la finalidad última de un restaurante?

Pero no es solo eso. El hecho de tener una carta traducida a varios idiomas (al menos en los más frecuentes o los del público habitual de la ciudad en la que se encuentra el restaurante) repercute, también, en el trabajo del personal que trabaja en él.

Si el comensal comprende lo que lee, no mareará al camarero con preguntas y más preguntas sobre los platos y el modo en que están elaborados. ¿Cuántas veces hemos visto a camareros pasarlas canutas intentando explicar, en un inglés precario, las características de un plato?

 

Pero… ¿es suficiente con traducir la carta de un restaurante?

Traducir una carta a uno o más idiomas denota que aquel establecimiento se preocupa por sus comensales que vienen de fuera. Y algunos restauradores pensarán que una traducción automática (con Google Translate o un sistema similar) es suficiente para ofrecer este servicio. ¿Hay alguno de ellos en la sala?

En realidad, si introducimos en un traductor automático gratuito palabras concretas, sin elementos con carga sintáctica, probablemente nos proporcionará las palabras correctas (¡aunque no ponemos la mano en el fuego!).

¿Pero qué pasa cuando se trata de platos que necesitan información suplementaria para ser comprendidos por alguien que no es originario de la zona?

¿Cómo explicarías a un alemán, por ejemplo, qué son los callos, un arroz caldoso, el suquet de pescado, una tostada con secallona o un postre de músic? Aquí empieza el papel del traductor: siempre nativo de la lengua a la que traduce y buen conocedor de la lengua y la cultura de origen.

De este modo, la traducción de la carta no se limitará a transcribir en otro idioma, literalmente, los platos, sino que aportará aquel valor añadido que podrá ser una breve descripción (¡cuando sea necesario!) que facilite la comprensión. Esta es la diferencia entre querer ofrecer un buen servicio y ofrecerlo de verdad.

 

El coste del error

Además de una carta mal traducida, no hay que olvidar, tampoco, la versión original en la que fue escrita. Una carta con errores ortográficos tiene consecuencias directas en la imagen del restaurante y la atención por los detalles.

Pero… ¿lo importante no era que la calidad de la cocina y el servicio fueran los deseados? Ningún restaurante se puede permitir que detalles como estos derriben aquello que mejor saben hacer: elaborar platos y servirlos.

El coste económico de una revisión o de una traducción de una carta es muy inferior al que se suele pensar. Mucho más alto es el precio que se puede llegar a pagar si una carta está tan llena de errores que quita el hambre. Al fin y al cabo, ¿qué restaurante quiere que su publicidad sea el escarnio, en las redes, de una traducción desastrosa de su carta?

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